Dicho sea con todos los respetos: empiezo a estar hasta las orejas de cierta mitología y mística en torno a Internet. Algunas ideas que circulan entre quienes se dicen conservadores del espíritu original de la Red comienzan a sonar a tópico manido y se esgrimen como argumentos vacíos con los que justificar comportamientos que, cuando menos, son cuestionables.
Internet gratis
Una vez oí a alguien decir que pagar por acceder a contenidos en Internet es una forma de prostituir la Red. ¿La razón? El hecho de que los usuarios de Internet anteriores a su explosión popular acostumbraban a publicar y compartir sus contenidos gratuitamente. Bien, si tenemos en cuenta que antes de 1995 la mayor parte de usuarios de Internet eran todavía investigadores universitarios y unos pocos tecnófilos, diría que no es un ejemplo muy afortunado.
¿Eran más solidarios estos usuarios que los actuales? Ni necesariamente ni todos ellos. En el entorno académico no se cobra por publicar un artículo con los resultados de una investigación o de un experimento. Se publica para que otros investigadores puedan contribuir tratando de replicar los resultados y, todo hay que decirlo, para obtener la prioridad cronológica sobre otros equipos que trabajen en lo mismo. Dicho de otra manera: las universidades les pagan por investigar y publicar, así que tal vez esos contenidos gratuitos no eran tan desinteresados: se trata de su trabajo.
Claro que este no es el caso de los aficionados que montan sus propios sitios con contenidos de todo tipo. A esos no les pagaba (ni les paga) nadie. Pero, ¿qué ocurre si el aficionado decide que quiere intentar ganarse la vida haciendo precisamente lo que le gusta: publicar contenidos en Internet? Pues que se condena irremediablemente en el “Ciberinfierno” por aceptar dinero a cambio de su esfuerzo. Ya se sabe: “¡Antes morir que pecar!”.
Puestos a pecar...
Si empezamos a hablar de “prostitución” de Internet habrá que hacerlo desde el principio: el acceso. Aunque ahora tenemos proveedores gratuitos, los tiempos duros fueron ese interregno entre el acceso reservado a universitarios y miembros de instituciones conectadas y la actual saturación de accesos gratuitos. O sea, cuando sólo había proveedores de pago estábamos todos prostituidos y nosotros sin saberlo.
Efectivamente, en la prehistoria idílica de los pioneros el acceso era gratis... para aquellos que tuviesen la fortuna de formar parte de alguna de las instituciones y organismos conectados a la Red. ¡Vaya! Un miembro del selecto grupo de menos del 1% de la población mundial: el que cuenta con estudios universitarios y que se encuentre en una facultad o departamento en la época adecuada. Podríamos decir que las raíces de Internet son elitistas, pero no lo diremos no vaya a ser que alguien se enfade.
Ahora, el acceso a la Red se ha popularizado. Es decir, se ha ampliado a todos aquellos que puedan comprar un ordenador y pagar todos los meses la factura del teléfono. Quizá llegue al 2% de la población. Viva el progreso.
Contenidos por cuarenta euros. Me pregunto por qué quienes más defienden la pureza de Internet olvidan el hecho de que una de las riquezas que ésta proporciona es precisamente el que una persona pueda, con un equipamiento mínimo, acceder a una audiencia que abarca todo el planeta. La posibilidad de que los autores puedan prescindir del editor para difundir sus creaciones técnicas o artísticas, tratando directamente con su audiencia. ¿Les vamos a negar el derecho a ganarse la vida con ello?
En realidad, puede que sean los contenidos gratuitos los que prostituyan Internet. Me refiero, claro, a los de los grandes portales no a las páginas hechas por amor al arte de muchas personas, casi siempre de más enjundia y calidad que las antedichas.
Los contenidos gratuitos a los que me refiero no lo son tanto. Para empezar, están jalonados de publicidad, que es la que, al parecer, proporciona los ingresos de estas empresas. Ingresos con los que se paga a los proveedores de contenidos (más bien poco). Quizá esos mismos proveedores estarían más a gusto pudiendo vender su trabajo directamente al público, pero claro, eso es prostituirse porque el público tendría que aflojarse el bolsillo.
“Pues que pongan publicidad”. ¡Oh, sí! Los grandes portales son los que se llevan, con razón, la mejor y mayor tajada del pastel publicitario, así que las migajas podrían disputárselas los sitios de aficionados que pretenden profesionalizarse. En estos tiempos ya no viene nadie con un cheque de ocho cifras a comprarte tu portal de numismática.
En resumen, que no sé a qué viene tanto empeño en la gratuidad de los contenidos. Al fin y al cabo el usuario decidirá si está dispuesto a pagar o no por un servicio y eso vendrá dado por la calidad del mismo. No hace tanto, pocos daban un duro por una cadena de televisión de pago en España. ¡Mira tú que cosas! A ver si en Internet va a pasar lo mismo.
Y que conste que no estoy en contra de la gratuidad de los contenidos, pero tampoco lo estoy en que sean de pago. Todo cabe en Internet, ¿o no?
Para suscribirse a la LSPM sólo tiene que enviar un mensaje a
lspm-on@planetamac.org. Si desea más información conéctese a
www.planetamac.com.